Al igual que muchos otros países, Francia se ha enfrentado anteriormente a crisis de deuda pública. Destacan tres episodios importantes: 1789, 1945 y ahora 2026. La primera lección que se desprende de esta larga historia es que existen varias formas de superar tales crisis, incluso en un plazo de pocos años y con deudas superiores a las actuales. Sin embargo, su resolución siempre ha requerido grandes convulsiones políticas, lo que refleja los intereses profundamente contrapuestos que entran en juego.
Echemos la vista atrás. La primera gran crisis de deuda condujo a la Revolución Francesa. Incapaz de gravar a las clases privilegiadas, el Antiguo Régimen [monarquía prerrevolucionaria] acumuló una deuda enorme —aproximadamente el ingreso nacional de un año, cercana al nivel actual, pero en un contexto en el que la economía apenas estaba monetizada y los impuestos representaban solo un pequeño porcentaje de la producción anual—. Luis XVI acabó convocando a los Estados Generales para salir del punto muerto. El resto es historia: abolición de los privilegios, implantación de un sistema fiscal universal sobre todos los bienes (impuestos sobre la propiedad y la herencia que, lamentablemente, eran proporcionales y no progresivos, a pesar de las innovadoras propuestas que ya se habían presentado en aquel momento) y, sobre todo, la nacionalización sin compensación de los bienes de la Iglesia, subastados para reponer las arcas del Estado. Las clases nobles y burguesas, que poseían títulos de deuda pública, se convirtieron a menudo en los nuevos propietarios de las tierras de la Iglesia. Esto supuso una gran decepción para los campesinos pobres, que habían esperado que la Revolución les permitiera acceder a la tierra y dejar de trabajar para otros.
La segunda gran crisis de deuda se produjo tras las guerras mundiales. Tanto en 1920 como en 1945, la deuda pública francesa superó el 200% del PIB, el nivel más alto jamás registrado. En ambos casos, la deuda se redujo casi a cero en tan solo unos años, una vez más mediante una serie de gravámenes excepcionales sobre los más ricos. En 1920, una de las mayorías más derechistas de la República Francesa, el Bloque Nacional, promulgó un tipo impositivo del 72% para los más ricos. Esta coalición, que antes de 1914 se había opuesto incluso a un impuesto sobre la renta del 2%, demostró lo difícil que puede resultar predecir desde la oposición lo que se hará en el poder, y cómo el peso de la historia puede impulsar innovaciones inesperadas. Lamentablemente, el Senado, bajo la Tercera República, ejerció y abusó de su poder de veto sobre toda la legislación y, en 1925, bloqueó una propuesta de gravar con un 10% el capital privado que había sido aprobada por la coalición de izquierdas. Sin embargo, esa era la única forma de resolver la deuda sin recurrir a la inflación, que, al fin y al cabo, no es más que un impuesto injusto y regresivo sobre las clases medias y trabajadoras.
En 1945, el equilibrio de poder había cambiado. La deuda volvía a superar el 200% del PIB, pero el Senado había perdido su derecho de veto y la Asamblea Nacional, ahora dominada por la izquierda, aprobó un impuesto de solidaridad nacional (ISN) con un tipo del 20% para los más ricos, que ascendía al 100% para aquellos cuya riqueza nominal había aumentado entre 1938 y 1945. El ISN podía pagarse en valores, que se depositaban en "sociedades de inversión nacionales" (una forma de fondo soberano en aquella época) creadas a tal efecto. En la práctica, la inflación atenuó el impacto del ISN, que resultó menos eficaz que las medidas equivalentes adoptadas en Alemania (con tipos de hasta el 50% sobre las mayores fortunas) y en Japón (90%).
Ahora, de cara a 2026. Nadie sabe con exactitud cuándo se producirá la crisis. Es posible que los tipos de interés reales históricamente bajos de los que disfrutan los países ricos (debido en parte a un exceso de ahorro a nivel mundial y en parte a un sistema financiero que les favorece) persistan durante algún tiempo. Pero es probable que los tipos acaben subiendo, lo que provocará una crisis abrupta. La idea de que el ajuste se producirá de forma silenciosa mediante impuestos a las clases medias y trabajadoras, la inflación o recortes en los servicios públicos y las prestaciones sociales a las que tienen derecho no resiste un análisis.
Al igual que en 1789 y 1945, los líderes no tendrán más remedio que recurrir a los más ricos, y esto deberá hacerse con tipos más elevados que el mínimo 2% de impuesto a los ultra-ricos que se debatió en el otoño de 2025 y que debería haberse aprobado por unanimidad. Quienes afirman que incluso un gravamen tan pequeño sería confiscatorio solo demuestran su rechazo a un debate sereno, racional y fundamentado en la historia. Al invertir tanta energía en defender los intereses de los poderosos, contribuyen a redirigir la ira social hacia la política identitaria y la retórica antimigrante y antipobre. Esto no resolverá nada. Los miles de millones no se encuentran ahí y solo retrasarán el momento de la verdad. Sin embargo, puede distraer la atención política durante algún tiempo, causando un daño considerable. Más allá de los omnipresentes juegos de roles, la realidad es que los nacionalistas y los liberales del libre mercado son cómplices y nos están llevando hacia el desastre.
Terminemos con una nota optimista. Francia nunca ha sido tan próspera como lo es hoy, gracias en gran medida a la igualdad de condiciones, a las infraestructuras colectivas y a la amplia democratización social y educativa que se ha producido a lo largo de muchos años. El patrimonio privado está en auge, a diferencia de lo que ocurría en 1945. Los fundamentos económicos son mucho más sólidos que en crisis pasadas. Si logramos superar el conservadurismo político imperante, unas soluciones colectivas justas y eficaces podrán impulsarnos hacia adelante.
Tradución del artículo original publicado el 14 de abril de 2026 en el blog de Thomas Piketty.

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