Tras unas elecciones tremendamente reñidas en Suecia, los votantes han rechazado la posibilidad de que la extrema derecha llegue al Gobierno. Una posible coalición de centroizquierda debe aprovechar el momento.
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| Votantes en un colegio electoral situado en el interior del Parlamento sueco, en Estocolmo, el 13 de septiembre de 2026. Fotografía: Zuma Press/Shutterstock |
En un panorama político tan ominoso, el resultado de unas reñidas elecciones suecas supone una fuente de optimismo muy necesaria, aunque con importantes salvedades. Antes de las elecciones del domingo pasado, el primer ministro saliente, Ulf Kristersson, dejó claro que, si su alianza de derecha obtenía el mayor número de escaños, invitaría a miembros del partido de extrema derecha Demócratas de Suecia (SD) a formar parte del próximo Gobierno como ministros.
Eso habría supuesto el fin oficial de la condición de paria del SD en la política sueca, tras cuatro años en los que sus votos parlamentarios han sostenido al Gobierno en minoría del Sr. Kristersson. En una Europa en la que las barreras y los cordones sanitarios contra la extrema derecha nunca han parecido menos seguros, se habría superado otro umbral significativo.
En cambio, los votantes parecen haber otorgado una victoria por un estrecho margen a la líder socialdemócrata, Magdalena Andersson, y al bloque progresista de partidos. La cuota de votos del SD cayó por primera vez desde que inició su andadura política como partido abiertamente neonazi a finales de la década de 1980, y pasó del segundo al tercer puesto, por detrás de los conservadores Moderados.
Hasta aquí las buenas noticias. Al igual que en Alemania y Francia, la extrema derecha sueca no ha necesitado llegar al poder para que su agenda se normalizara y se aplicara parcialmente. La dependencia del Sr. Kristersson respecto al SD dio lugar a un Gobierno que se comportó con una crueldad ostentosa hacia los migrantes y que puso en práctica gran parte de su draconiano programa en materia de deportaciones y restricciones a la ciudadanía. La Sra. Andersson ha respondido ofreciendo una versión más moderada del mismo enfoque en materia de inmigración y asilo. Como esto le hizo perder apoyo en la izquierda, su partido registró su porcentaje de votos más bajo en más de un siglo.
A menos que los partidos tradicionales más influyentes de la socialdemocracia europea sean más valientes a la hora de intentar cambiar el rumbo del debate político, la extrema derecha seguirá marcando las reglas del juego. El eslogan elegido por el SD para su campaña fue "Hagamos de Suecia Suecia de nuevo" (una variación del habitual lema "Make America Great Again" para subrayar el mensaje etnocéntrico fundamental). Desde la periferia, su retórica se volverá aún más extrema, y la derrota del bloque de derecha ya se está atribuyendo de forma injusta a los votantes nacidos en el extranjero.
Si la Sra. Andersson lograra finalmente formar un gobierno de coalición de centroizquierda, debería contrarrestar las fuerzas de la división recurriendo a lo mejor de las tradiciones de su propio partido. El Partido Socialdemócrata dominó históricamente la política sueca a través de la idea del “Folkhemmet”, o “Hogar del Pueblo”, que encarnaba el espíritu inclusivo de una sociedad del bienestar admirada en todo el mundo. Encontrar los recursos y la ambición necesarios para desarrollar una política del bien común igualmente atractiva para el siglo XXI es la tarea urgente de los progresistas, tanto en Suecia como fuera de ella.
Traducción del artículo original publicado el 16 de septiembre de 2026 en el diario británico The Guardian.













