Pedro Sánchez, el presidente socialista, ha liderado la oposición europea a la guerra contra Irán desde el principio.
En las horas inmediatamente posteriores a que el presidente Donald Trump, junto con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, iniciara la guerra contra Irán, un importante líder europeo decidió pronunciarse en contra. "Rechazamos la acción militar unilateral de Estados Unidos e Israel", publicó el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, en X, advirtiendo contra una "escalada" que podría conducir a un "orden internacional más hostil". Al día siguiente, Sánchez reiteró su oposición al "régimen odioso" de Irán, pero siguió calificando la campaña de "intervención militar injustificada y peligrosa". Mientras otros responsables europeos se mostraban reacios a criticar a Trump y ofrecían una ayuda limitada al esfuerzo bélico estadounidense, España denegó a Estados Unidos el acceso a sus bases militares para operaciones relacionadas con Irán. Trump, a cambio, amenazó con "cortar todo el comercio" con España, aunque no estaba nada claro cómo podría su Administración actuar de forma selectiva contra un miembro de la Unión Europea. Sánchez parecía deleitarse con el enfrentamiento. "No vamos a ser cómplices de algo que es malo para el mundo y que además es contrario a nuestros valores e intereses, solo por miedo a las represalias de alguien", insistió en un discurso televisado. A principios de abril, después de que la Administración acordara un alto el fuego temporal con Irán, el presidente no dio marcha atrás. "El Gobierno de España no va a aplaudir a quienes prenden fuego al mundo solo porque se presenten con un cubo", publicó.
Las críticas de Sánchez a la guerra lo han convertido en un claro contrapunto a Trump. En múltiples frentes, Sánchez, un socialista fotogénico que lleva en el poder desde 2018, ofrece un marcado contraste político. Trump ha tachado de "estafa" el giro de la era Joe Biden hacia la inversión en energías renovables, mientras que Sánchez ha presidido la duplicación de la producción de energía solar y eólica en España desde 2019. Trump demoniza a los inmigrantes y ha lanzado una campaña de deportaciones masivas que fue aplaudida por la extrema derecha en toda Europa; Sánchez se opone a ese nativismo, y su Gobierno está llevando a cabo un programa para regularizar a unos 500.000 migrantes indocumentados que viven en España. Trump ha ridiculizado a las instituciones internacionales y considera que las Naciones Unidas son un obstáculo para los intereses de Estados Unidos; Sánchez rechazó la invitación de Trump para unirse a su iniciativa "Consejo de la Paz", al tiempo que ofreció una enérgica defensa del sistema de la ONU y del mundo multipolar que este ayuda a configurar.
Ahora, dos meses y medio después del inicio de la guerra, las frustraciones de Sánchez son compartidas en gran medida por sus homólogos europeos. El Gobierno de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, considerada por muchos como la más firme defensora de Trump entre los líderes de Europa Occidental, impidió que los bombarderos estadounidenses con destino a Oriente Medio utilizaran una base aérea siciliana estratégicamente situada. Meloni también defendió al papa León XIV, a quien Trump ha estado atacando por sus llamamientos a la paz, afirmando que los comentarios del presidente eran "inaceptables". (Cuando se le preguntó si entonces consideraría reducir el número de tropas estadounidenses en España e Italia, Trump respondió: "Probablemente"). Mientras tanto, el presidente Emmanuel Macron, de Francia, lamentó el enfoque "desordenado" de Trump respecto a la guerra, que, según sugirió, carece de seriedad y es una fuente de inestabilidad geopolítica. El canciller alemán, Friedrich Merz, lo calificó de fuente de humillación para Estados Unidos, mientras que su ministro de Finanzas, Lars Klingbeil, culpó a la "guerra irresponsable" de Trump y al bloqueo en curso del estrecho de Ormuz del aumento de los precios de la energía y de desencadenar el caos económico en todo el mundo. "Se trata de una guerra unilateral" sobre la que "ni siquiera se consultó ni se informó a ningún aliado", me dijo José Manuel Albares, ministro de Asuntos Exteriores de España, en una entrevista la semana pasada. "Si ves lo que dicen otros gobiernos europeos, hoy están diciendo lo que España lleva diciendo desde el primer día".
Según explica Albares, la postura de su Gobierno es una cuestión de principios, coherencia y respeto por la importancia del Derecho internacional. Sus convicciones son anteriores a la escalada bélica de Trump en Oriente Medio. España se ha mostrado crítica con la guerra de Rusia en Ucrania y con las guerras de Israel en Gaza y el Líbano, y ha respaldado la demanda presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia en la que se acusa a Israel de genocidio. Fue uno de los primeros países de Europa Occidental en reconocer la condición de Estado de Palestina, en 2024. Este mes de abril, cuando Sánchez convocó una reunión de líderes progresistas mundiales, entre ellos el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, pidió a la UE que suspendiera su acuerdo de asociación con Israel. Mientras que la Administración Trump impuso sanciones a Francesca Albanese, relatora especial de la ONU para cuestiones palestinas, por haber instado a la Corte Penal Internacional a investigar a empresas y particulares estadounidenses e israelíes por presunta complicidad en violaciones de los derechos humanos y posibles crímenes de guerra en Gaza, Sánchez le concedió la Orden del Mérito Civil, una de las más altas distinciones de España, a principios de este mes. Cuando Trump presionó a los Estados miembros de la OTAN el año pasado para que aumentaran su gasto en defensa hasta el cinco por ciento del PIB, Sánchez fue el único líder que se opuso a la exigencia. «A veces veo a gente que dice: “Bueno, hay un orden antiguo y hay un orden nuevo”», dijo Albares. "No, hay un orden basado en normas, o hay el caos de la guerra, y esa es una elección. Hay una forma de comportarse en el mundo que es virtuosa, en la que se velan los intereses de todos, o existe la ley de la selva, y el más fuerte se come al más débil”.
Algunos críticos nacionales acusan al Gobierno de Sánchez de hacer alarde de oportunismo. Al igual que les ocurrió a los políticos de centroizquierda desde Canadá hasta Australia, un enfrentamiento con Trump podría impulsar la suerte del presidente del Gobierno español, que se encuentra en horas bajas a nivel nacional. Las elecciones están previstas para el año que viene y, técnicamente, Sánchez lidera un Gobierno en minoría que cuenta con el apoyo de partidos autonómicos; sin embargo, un posible bloque de derecha formado por partidos mayoritarios y de extrema derecha podría obtener una clara mayoría parlamentaria y derrocar a los socialistas de Sánchez, actualmente en el poder. Albares evocó un mundo en el que los "valores democráticos están realmente amenazados fuera y dentro de Europa, con fuerzas de extrema derecha que no creen en la tolerancia, en el pluralismo, en la diversidad; no creen en la esencia de la democracia".
Sin embargo, el mandato de Sánchez se ha visto empañado por una serie de escándalos relacionados con varios de sus allegados, que incluyen diversas acusaciones de corrupción, tráfico de influencias y acoso sexual. Y los votantes españoles están preocupados por la crisis de la vivienda, los debates sobre los servicios para los migrantes y la gestión del Gobierno ante las catástrofes naturales, incluidas las inundaciones de los últimos años que se cobraron cientos de vidas. Bajo el mandato de Sánchez, la economía española se ha convertido en una de las de más rápido crecimiento de Europa, aunque muchos analistas seguían dando por hecho que ya no sería capaz de contener a la derecha. Pero la antipatía hacia el presidente estadounidense existe en todo el espectro político del país, por lo demás polarizado. "Hace unos meses, las posibilidades de que renovara su mandato eran muy escasas", me dijo Miguel Otero-Iglesias, investigador principal del Real Instituto Elcano, un destacado centro de estudios de Madrid. "Pero creo que mucha gente piensa que Sánchez hace bien en plantarle cara a Trump".
España mantiene con Estados Unidos una relación claramente diferente a la que tienen países como el Reino Unido, Francia y Alemania. Las élites políticas españolas a veces ven a su país "como uno de los países más meridionales del Norte Global", señaló Otero-Iglesias, más en sintonía con las aspiraciones y la política de América Latina y el mundo árabe, regiones con las que España mantiene profundos vínculos. Además, España no tiene tanta deuda con Estados Unidos. A principios del siglo pasado, perdió sus posesiones coloniales en el Caribe y el Pacífico a manos de Estados Unidos en la Guerra Hispano-Estadounidense. Tras la Segunda Guerra Mundial, España no se benefició del Plan Marshall, ya que se mantuvo al margen de la guerra bajo el liderazgo del líder fascista Francisco Franco. Josep Borrell, exministro de Asuntos Exteriores español y alto diplomático de la UE, señaló que, mientras que Estados Unidos y la Iglesia católica ayudaron a instaurar la democracia en Polonia, esas mismas fuerzas habían respaldado décadas de fascismo y dictadura de posguerra en España.
Sin embargo, España no se considera un caso atípico en el continente, sino un país que marca tendencia. Albares me comentó que su Gobierno está en sintonía con sus aliados europeos en su apuesta por reforzar la capacidad y la "soberanía" del continente ante un mundo en constante cambio y una América cada vez menos fiable. Esa iniciativa podría incluir un aumento del gasto en defensa y un impulso hacia la creación de un ejército europeo integrado, independiente de la OTAN, una medida que podría ser bien recibida por muchos en el bando de Trump. Pero también implica diversificar los intereses y las inversiones alejándose de Estados Unidos. "Tenemos que buscar nuevos socios" en respuesta al proteccionismo trumpista, dijo Albares, señalando la creciente diplomacia comercial con América Latina, India y China.
No se trata de una visión especialmente nueva: en 2019, entrevisté a Sánchez al margen de la Asamblea General de la ONU en Nueva York, y ya entonces habló de que Europa debía estar más unida y mostrarse más decidida, así como "crear un mayor equilibrio" en la política mundial. La necesidad de este resurgimiento geopolítico, dijo, no hizo más que «"intensificarse" con la llegada de Trump a la escena mundial. El segundo mandato de Trump ha acentuado la urgencia, y Sánchez, como uno de los líderes de las llamadas potencias medias (países que, según la formulación del primer ministro canadiense, Mark Carney, deberían unirse a la sombra de la perturbación que supone Trump), podría estar tratando de forjar un nuevo tipo de liderazgo global. En abril, Sánchez se reunió con el presidente chino, Xi Jinping, en Pekín e instó a China a tomar una mayor iniciativa a la hora de abordar retos comunes como el cambio climático y los riesgos de nuevas pandemias. A diferencia de otros líderes occidentales (y de la clase dirigente de la política exterior en Washington), Sánchez ve a China en términos más pragmáticos, en lugar de considerarla necesariamente un rival estratégico.
Albares argumentó que nada de esto debería poner en peligro los numerosos vínculos que unen a España con Estados Unidos. "Estados Unidos es el aliado histórico y natural de Europa. Nos gustaría que siguiera siendo así", afirmó, antes de añadir una nota de cautela: "La relación transatlántica se ha basado en valores: los valores de la defensa de la democracia, el derecho internacional, la paz y la seguridad. Así es como pretendemos seguir adelante". Pero, señaló, para que esa relación continúe, se necesitan países que compartan esos valores "a ambos lados del Atlántico".
Traducción del artículo original publicado el 13 de mayo de 2026 en la revista estadounidense The New Yorker.

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