lunes, 16 de marzo de 2026

Deriva militarista, admisión de debilidad

Seamos claros: la deriva militarista de Estados Unidos que estamos presenciando con la guerra en Irán se percibe, sobre todo, como una terrible admisión de debilidad. Las élites estadounidenses son cada vez más conscientes de la fragilidad financiera, comercial y política de su país. Los más nacionalistas entre ellos han llegado a la conclusión de que la única solución es poner las armas sobre la mesa. El objetivo declarado de esta estrategia belicista es perfectamente claro: no se trata de promover ningún tipo de ideal colectivo, sino más bien de obtener beneficios económicos al poseer la mayor fuerza militar del mundo.


Hay que tomarse en serio las palabras de Trump: está dispuesto a llegar a acuerdos con cualquier mulá o chavista del planeta, siempre y cuando las empresas estadounidenses puedan hacerse con las riquezas de Irán o Venezuela. La misma lógica se aplica a los minerales de Groenlandia, Ucrania o Rusia. Los negocios son los negocios, y Trump pretende recurrir a la fuerza para cerrar acuerdos lucrativos allá donde se presenten. Su enfoque recuerda al de las potencias coloniales europeas del pasado.

 

También es importante no sobreestimar el impacto de las personalidades individuales. Lo que ha ocurrido desde principios de 2025 al otro lado del Atlántico ha puesto de manifiesto, sin duda, los límites del modelo democrático estadounidense y los riesgos extremos asociados a la personalización del poder. Nadie previó lo fácil que sería gobernar el país firmando una cascada de órdenes ejecutivas, sin ningún control ni contrapeso real, ni en el Congreso ni en el Tribunal Supremo (o solo de forma muy tardía y muy parcial, como recientemente en el caso de los aranceles).

 

Esto pone de manifiesto hasta qué punto la democracia debe reinventarse y replantearse continuamente en sus fundamentos institucionales, como las constituciones, los procedimientos electorales, la organización de la labor parlamentaria, el funcionamiento de los partidos políticos, la financiación y la gobernanza de los medios de comunicación, etc. No hay que dar nada por sentado. Pero no debemos engañarnos: más allá del factor Trump y de las deficiencias institucionales que deben corregirse lo antes posible, la deriva ideológica del Partido Republicano hacia un nacionalismo extractivista ha llegado, sin duda, para quedarse.

 

En primer lugar, porque el apetito republicano por la diplomacia de las cañoneras no es nada nuevo: no olvidemos a George W. Bush y la invasión de Irak en 2003. En segundo lugar, porque la situación financiera y comercial del país se ha deteriorado drásticamente en los últimos 20 años. Por falta de inversión suficiente en educación e infraestructuras, y por falta de una regulación colectiva adecuada, Estados Unidos ha perdido terreno y ha acumulado déficits comerciales, con una deuda externa neta que alcanza ahora el 70% del PIB. Incluso si los tipos de interés se mantienen bajos, lo cual está lejos de ser seguro, los pagos al resto del mundo alcanzarán pronto niveles nunca antes vistos para una potencia militar dominante. De ahí la tentación irresistible de recurrir a las armas para reforzar las finanzas. Es tan simple como eso.

 

Esta estrategia brutal y nacionalista está condenada al fracaso. En primer lugar, porque no se ajusta a las fuerzas económicas en juego y, en segundo lugar, porque la opinión pública estadounidense no la tolerará por mucho tiempo. El problema es que puede crear una ilusión temporal, una que puede resurgir periódicamente. Además, permite a los republicanos diferenciarse de los demócratas partidarios del libre comercio y presentarse, sin apenas esfuerzo, como los mejores defensores del interés nacional y de la clase trabajadora. En realidad, todo esto es similar a un juego de roles entre las élites nacionalistas y las élites liberales, quienes, en el fondo, están de acuerdo en mantener su dominio sobre los más pobres y el resto del mundo, causando un daño considerable en casi todas partes en el proceso.

 

Por encima de todo, la fragilidad de Estados Unidos no es solo comercial y financiera, sino también civilizacional y política. Es el elefante en la habitación. Todo el mundo sabe que la cuestión del daño global dominará el siglo XXI, y que Estados Unidos tendrá que afrontar algún día sus responsabilidades históricas y responder a las demandas de justicia económica y reparaciones climáticas del Sur Global. Los partidarios de Trump pueden sumirse en la negación y la agresión militarista todo lo que quieran. Esto no cambiará el hecho de que el peso de Estados Unidos en la economía global no hará más que disminuir y que el país tendrá que aceptar estas realidades tarde o temprano.

 

Ante esta deriva militarista y el desastre que se avecina, Europa debe dotarse de los medios necesarios para ejercer influencia a escala mundial. Seamos claros: el uso de la fuerza contra un régimen que masacra a los manifestantes y oprime a su población puede estar justificado. Pero solo si se empieza por construir las coaliciones más amplias posibles y, lo que es más importante, por proponer un modelo de desarrollo y un método democrático para un proceso de transición, tanto en Irán como en otros lugares. Sin un plan para lo que vendrá después, sin prestar atención a lo que ocurre sobre el terreno una vez que se han lanzado las bombas, la intervención conjunta franco-británica en Libia (en 2011) no tuvo más éxito que la intervención estadounidense en Irak.

 

Para salir de los atolladeros del pasado, la solución no es seguir aumentando los presupuestos militares, que ya alcanzan niveles considerables en Europa. Lo que se necesita con urgencia es el establecimiento de estructuras comunes que permitan una toma de decisiones democrática y pluralista tanto sobre Irán como sobre Ucrania. Lo más triste de la situación actual es la incapacidad de Francia y Alemania para ponerse de acuerdo en nada. Incluso cuando el canciller alemán aboga por la incautación de activos rusos (una postura inusual para una liberal en materia económica), el presidente francés opta, inexplicablemente, por oponerse. Ante la deriva militarista de Estados Unidos, es hora de que los líderes europeos estén a la altura de las circunstancias.


Traducción del artículo original publicado el 10 de marzo de 2026 en el blog de Thomas Piketty.

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