Para afirmarse en la escena mundial, Europa debe primero enorgullecerse de lo que se ha convertido desde 1945: una potencia democrática, social y transnacional. Los países europeos, que durante mucho tiempo fueron rivales acérrimos e imperios coloniales, se unieron tras haber vivido el abismo. Dentro de esta unión, desarrollaron un nuevo modelo social y democrático, y Europa se convirtió en una potencia socialdemócrata. Esto no limita a Europa a un bando político concreto: es simplemente un reconocimiento del amplio consenso que existe en todo el continente en apoyo del modelo social europeo.
Los términos pueden variar: los conservadores alemanes se refieren a una "economía social de mercado", algunos prefieren la noción de "Estado social", otros hablan de "socialdemocracia ecológica" o "ecosocialismo". Estos debates son legítimos, pero lo cierto es que ninguna fuerza política significativa en Europa propone reducir el papel del Estado a lo que era en 1914: menos del 10% del producto interior bruto (PIB), compuesto principalmente por el gasto soberano y militar. Los países nórdicos más prósperos, como Dinamarca, Suecia y Noruega, tienen un gasto público cercano al 45% o 50% del PIB, similar desde una perspectiva histórica a los niveles observados en Alemania y Francia, y nadie va a revertir esta realidad.
El debate sobre el futuro se centra en si hay que detenerse ahí, que es el escenario de la socialdemocracia conservadora y que comparten ampliamente la derecha y, en ocasiones, el centroizquierda, o si hay que seguir avanzando en respuesta a los nuevos retos, que es la tesis de la socialdemocracia ecológica y el ecosocialismo. Esta última es más ambiciosa, pero también más compleja de aplicar. En cualquier caso, Europa es una potencia socialdemócrata y seguirá siéndolo.
Si alguien hubiera dicho a las élites europeas y a los economistas liberales de 1914 que la redistribución de la riqueza llegaría a representar la mitad de la renta nacional, habrían condenado unánimemente la idea como una locura colectivista y habrían pronosticado la ruina del continente. En realidad, los países europeos han alcanzado niveles de prosperidad y bienestar social sin precedentes, en gran parte gracias a las inversiones colectivas en salud, educación e infraestructuras públicas.
Para ganar la batalla cultural e intelectual, Europa debe ahora reafirmar sus valores y defender su modelo de desarrollo, fundamentalmente opuesto al modelo nacionalista-extractivista defendido por los partidarios de Donald Trump en Estados Unidos y por los aliados de Vladimir Putin en Rusia. Una cuestión crucial en esta lucha es la elección de los indicadores utilizados para medir el progreso humano. No se trata de una mera cuestión técnica, sino política, que afecta a todos los ciudadanos. Con demasiada frecuencia, el debate europeo se empantana en indicadores obsoletos que son totalmente inadecuados para considerar el futuro y el bienestar social en una era de cambio climático.
El error más evidente y, lamentablemente, más común es comparar el PIB per capita utilizando los tipos de cambio del mercado. Esto equivale a ignorar el aumento de los precios en Estados Unidos. Es como examinar la evolución de los salarios olvidando la inflación. En 2025, el tipo de cambio medio rondaba los 1,10 dólares por euro (aproximadamente 1,05 dólares a principios de año y 1,15 dólares a finales). Sin embargo, para igualar los niveles de precios, el tipo de cambio tendría que ser de aproximadamente 1,50 dólares por euro. Al no utilizar la paridad del poder adquisitivo, la única forma de comparar los niveles reales de bienes y servicios producidos en cada región, se sobreestima la riqueza de Estados Unidos en casi un 40% en comparación con la riqueza europea. Modelo justo de desarrollo.
El segundo error es pasar por alto las diferencias en las horas de trabajo. Europa optó por semanas laborales más cortas y vacaciones más largas, lo que aumentó el bienestar social y redujo su huella material. Teniendo en cuenta ambos factores, la productividad por hora, o el PIB por hora trabajada, medida en paridad de poder adquisitivo, es mayor en el norte de Europa que en Estados Unidos, cuyo liderazgo en algunos sectores y regiones se ve más que compensado por el retraso en otros ámbitos.
Alemania y Francia, que también estaban por delante de Estados Unidos hace 20 años, se han quedado ligeramente rezagadas como consecuencia de las políticas de austeridad aplicadas en Europa desde la crisis de 2008. El gasto real por estudiante en Francia ha disminuido más de un 20% en los últimos 15 años, lo que constituye la peor forma de prepararse para el futuro. Dadas las enormes sumas invertidas en educación superior en Estados Unidos, es sorprendente que Europa siga manteniendo el ritmo.
El tercer error, y el más grave, es centrarse en el PIB del mercado e ignorar los indicadores sociales, como la esperanza de vida, o los medioambientales. Si se tienen en cuenta las externalidades negativas asociadas a las emisiones de carbono, el PIB ajustado por estos efectos cae significativamente en Estados Unidos en comparación con Europa. Cubrir el planeta con centros de datos —una nueva obsesión en Washington y, en ocasiones, en Bruselas— no resolverá los problemas del mundo.
Tarde o temprano, Europa tendrá que dejar atrás la ambigüedad y defender unas normas económicas y comerciales coherentes con un modelo de desarrollo verdaderamente justo y sostenible. Por ejemplo, la oposición al acuerdo con Mercosur, que solo exacerba la deforestación en curso en América Latina, está justificada. Aún mejor sería apoyar la propuesta brasileña de un impuesto global a los multimillonarios y las multinacionales, cuyos ingresos se destinarían a los países que restringen voluntariamente los métodos de producción nocivos. Ese es el precio que Europa debe pagar para convertirse en una potencia socialdemócrata a escala mundial.
Traducción del artículo original publicado el 3 de febrero de 2026 en el blog de Thomas Piketty.
